El último sábado 15 de marzo atentaron nuevamente contra el deporte. Como tantas otras lamentables veces. Esta vez murió Emmanuel. Esta vez le tocó a Vélez. Y sus directivos, empañados de dolor, no pudieron ocultar su indignación. Uno de sus directivos, Julio Baldomar Dianti, esgrimía al borde del llanto sus argumentos aduciendo y remarcando el trabajo que realiza la institución en materia de prevención y seguridad a la hora de trasladar a sus asociados e hinchas desde hace ya más de una década. El caso de Vélez Sársfield es único en nuestro fútbol: a su costo, alquila y garantiza el traslado de sus asociados con el único objetivo de preservar a su gente. Aún así, con las palabras de reconocimiento y felicitación de Javier Castrilli, el modelo Vélez fracasó también. Nuestro fútbol es una trituradora de buenas intenciones, se termina fagocitando a los bien intencionados y protege a los perversos, quienes nutridos del luto y el dolor ajeno construyen y poseen poder, enquistándose en los clubes. Los bufets, polideportivos, anexos y zonas aledañas son auténticos nidos donde la violencia y la corrupción se cocina a diario. Hay dirigentes que se favorecen de esta situación pero también están los bien intencionados, los que terminan perdiendo casi siempre; como en el caso Vélez. Instituciones dominadas por la delincuencia, clubes deportivos donde el área social pertenece a las barras, donde los “kioscos” y los “peajes” quedaron instalados y aceptados como un uso y costumbre. Ahí está River y su permanente protagonismo en lo que violencia doméstica significa. Y también está Boca, que aún con la cúpula del poder delictivo de sus barras en prisión, fue testigo en el mismísimo seno de sus instalaciones de cómo dos bandos disputaban su poder bajo las reglas de la violencia más feroz. Fracasaron las buenas intenciones de Vélez; Emmanuel fue muerto cuando una caravana lo trasladaba a la cancha de San Lorenzo. Y fracasaron Aguilar en River y Macri y sus continuadores en Boca. Así triunfa y triunfará la violencia y la marginalidad. Sin embargo el principal responsable sigue siendo el Estado, allí debemos mirar, ahí deberían de estar las respuestas. Al casquillo de la bala que mató a Emmanuel, lo fueron a buscar cuarenta y ocho horas después de su asesinato habiendo al momento de la muerte cerca de quinientos efectivos en la zona. Resulta inconcebible, inadmisible e imperdonable la demora en el rastrillaje pertinente. Ya pasó mucho tiempo y aún no hay ni siquiera un sospechoso. Reina una vez más la injusticia. No se le puede quitar responsabilidad a quienes desde el uso hegemónico de la fuerza otorgado por nuestro sistema democrático no desarrollan su labor con compromiso y profesionalismo. Es momento de exigir aún más. Y son precisamente los clubes quién tienen que hacerlo. Los clubes son en la Argentina la principal fuente de reclutamiento y formación de deportistas. Sus instalaciones y propiedades en la mayoría de los casos tienen una historia centenaria en la que apoyarse. El Estado nunca fue usina formadora ni receptora de deportistas ni en áreas competitivas y recreativas; son los clubes quienes han generado estos deportistas y, por ende, quienes han acunado y otorgado a la sociedad toda la posibilidad de disfrutar sus logros. Al mismo tiempo la realidad social junto con la complicidad de algunos dirigentes deportivos permitieron la concepción de esta raza violenta y destructiva. Hay responsabilidad compartida, eso también es cierto. El apoyo no debería de ser solamente económico. Tiene que ser mucho mayor aún. Se debe poner énfasis en la democratización de las instituciones centrales y federaciones, actualizar las legislaciones, dinamizar los procesos de castigo a los violentos, se debe acentuar la inteligencia preventiva, se debe alimentar la participación social ejercitando de esta manera la práctica real de la democracia, se debe integrar a los barrios en torno a estas instituciones centenarias. Es momento de trabajar seriamente, con firmeza, de una buena vez por todas, para eliminar definitivamente la violencia del deporte. Se puede. Hay sobrados casos en los que apoyarse para tomar medidas. Es momento de actuar. El recuerdo de Emmanuel y tantas otras víctimas nos obligan a obrar de una buena vez, no se puede perder ninguna vida más, nunca más. Adhemar D. Faerstein
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