A diferencia del fútbol con su omnipotente y única asociación, el básquet argentino está organizado por una confederación nacional (CABB) y una asociación de clubes (AdC). Qué relación guardan y cómo se solventa cada una.
No es fácil describir el escenario dirigencial del básquet argentino. Habría que comenzar por explicar que son dos las entidades que se reparten el manejo de las actividades: la Asociación de Clubes (de ahora en más AdC) y la Confederación Argentina de Básquet (CABB).
A grandes rasgos, la división de bienes establece que las tres categorías más importantes de la competencia interna nacional las maneja la AdC (Liga A, TNA y Liga B) y los campeonatos federativos (desde preinfantiles en adelante) y torneos internacionales, a nivel de selecciones, los organiza la CABB.
¿Para qué dos entidades responsables si en un deporte mucho más masivo como el fútbol alcanza con una sola (la AFA)? Principalmente por tradición. La mayoría de las potencias mundiales aplicaron este sistema mucho antes que se asentara en nuestro país y popularizaron el modelo de gestión. Es más, Argentina no fue pionera en este terreno ni en Sudamérica: Venezuela y Chile manejan la disciplina con dos dirigencias desde mediados de la década del ‘70 (el primero lo implementó en 1974 y el segundo en 1979). Claro que también existen las excepciones. Brasil, por ejemplo, está representada por la CBB (Confederación Brasileña de Básquet) tanto a nivel internacional como en sus competiciones internas.
Un cuarto de siglo
La historia de la división tiene sus orígenes a principios de los ’80. Todo comenzó exactamente el 17 de abril de 1982, con el gran León Najnudel como disertante: allí se lanzó la propuesta de crear una Liga Nacional que profesionalizara y federalizara formalmente la competencia entre clubes.
Dos años más tarde la CABB aprobó el proyecto y arrancó el torneo (por entonces denominado Campeonato Argentino de Clubes). Tras esa primera edición, a la temporada siguiente, se convocó a dirigentes de los equipos a River para constituir la Asociación de Clubes, que finalmente nació el 20 de abril de 1985. Apenas seis días después inició su camino la Liga (cuya influencia como proyecto era el español), ya con nombre propio. No hubo grandes conflictos por la independencia: el nuevo ente era necesario para organizar y fiscalizar el campeonato. Por otra parte retornar a los certámenes regionales hubiera significado una involución inaceptable.
Desde aquél momento hasta hoy, la CABB y la AdC tomaron caminos paralelos, a veces con coincidencias en las decisiones, otras veces con discrepancias.
La CABB, como entidad madre, saca su tajada económica. Por cada transferencia de jugador que se produce en las tres competencias más jerarquizadas cobra un porcentaje fijo y, como si fuera poco, obliga a la AdC a pagar una suma cercana a los 100 pesos por cada partido disputado. No es su única fuente de ingresos: por el brillante presente de la Selección mayor se acercaron nuevos sponsors y, año tras año, países de todo el mundo invitan (pagando, claro) al equipo de Sergio Hernández a participar de torneos. De lo recaudado, se destina el presupuesto para las selecciones menores y para el resto de los torneos federativos.
La AdC, en tanto, también vive de los sponsors, pero su ingreso más genuino proviene del aporte de los clubes. No importa que se fundan ni que luego desaparezcan del mapa (la compra y venta de plazas se ha convertido en una constante de las últimas temporadas), tal como había adelantado Najnudel: “La Liga es para los que pueden, no para los que quieren”.
Un punto de contacto
A pesar de que, hoy por hoy, el terreno de las dos instituciones parece haber quedado bien delimitado (quizás por eso haya buena relación), trabajan conjuntamente en la Liga B. Sucede que allí, en la tercera categoría del básquet nacional, los ascensos y descensos confundieron las fronteras de jurisprudencia, dado que las ligas que están por debajo ya son organizadas por la CABB.
Se reunieron en octubre de 2005 con la presencia de ambos presidentes, Eduardo Bazzi por la Asociación, y el tucumano Horacio Muratore, por la Confederación. Y finalmente decidieron incrementar el número de plazas a 32 como tope ideal, regionalizar la Liga B en cuatro zonas geográficas y constituir una comisión conjunta para reducir los aranceles de la categoría. Fueron, sin dudas, las medidas más positivas de los últimos años. Se incrementó el nivel de participantes y en casi todas las provincias hubo uno o más equipos.
“Si bien la CABB y la AdC trabajamos en ámbitos diferentes, las dos tenemos el mismo objetivo, que es el mejoramiento del básquet argentino”, repite Muratore cada vez que le consultan por la relación entre las entidades. Tal vez no sea el modelo perfecto de gestión (si se cuenta que el Juego de las Estrellas lo organiza la Asociación de Jugadores, el escenario dirigencial ya se descompondría en tres patas), tal vez la pirámide jerárquica que rige en el fútbol con la AFA imponga una autoridad más clara y visible. No obstante, el básquet es otro deporte. Y, aún con sus fallas y diferencias, este dúo de instituciones ha logrado darle popularidad que necesitaba.
GERMÁN BEDER
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