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GOLF EN ARGENTINA,
Una ola que moja pero no empapa

LOS ÉXITOS OBTENIDOS EN LOS ÚLTIMOS AÑOS EN EL EXTERIOR, REFRENDADOS EN ESTA TEMPORADA POR ÁNGEL CABRERA Y ANDRÉS ROMERO, REPERCUTEN PUERTAS ADENTRO: CADA VEZ SON MÁS QUIENES PRACTICAN EL DEPORTE EL NUESTRO PAÍS. SIN EMBARGO, ESOS LOGROS NO TAPAN LA PRECARIEDAD EN LA QUE SE MUEVE EL CIRCUITO PROFESIONAL INTERNO, EN EL QUE LOS JUGADORES DEBEN HACER ESFUERZOS ECONÓMICOS INDIVIDUALES PARA PROGRESAR.

Debajo de las tapas de los diarios que alaban tantas victorias, detrás de la difusión que esos logros despierta, subyacen preguntas: ¿estos resultados son el producto de un trabajo de años, sustentado por una planificación? ¿O se trata, una vez más, de la concreción de esfuerzos individuales, de carreras prorrateadas por colegas consagrados? ¿Qué ocurre con los proyectos de cracks que desandan los links argentinos soñando con vestirse de Cabreras y Romeros? ¿Cuál es la evolución del golf en el país? ¿Cómo impactarán estos triunfos? Vaya aquí un intento de respuesta a estos interrogantes.

CRECIMIENTO EN MARCHA

Las estadísticas de la Asociación Argentina de Golf (AAG) señalan que en los últimos diez años la cantidad de jugadores con hándicap (aquellos que están federados) creció alrededor del 50 por ciento en la Argentina. En 1997 figuraban 34 mil personas en esa condición; hoy, la cifra llega a 50 mil. De ellos, alrededor de 37.500 son hombres, 6.500, mujeres y más de 5.000, juveniles y menores.
“El desarrollo del golf en la Argentina no es ajeno al fenómeno mundial que se dio desde mediados de los noventa”, analiza Mark Lawrie, Director Ejecutivo de la AAG. Varios factores confluyeron para generar ese crecimiento: “Además del impacto que provocó la aparición de un fuera de serie como Tiger Woods, hubo una fuerte presencia de los argentinos en el exterior con resultados exitosos”. En esa lista pueden incluirse los logros obtenidos por Vicente Fernández, Eduardo Romero, José Cóceres y el propio Cabrera, la punta de lanza de la atracción que se generó en el país en la última década.
A la par de ese movimiento, fue necesario otro: el del mejoramiento de la cantidad y la calidad de las canchas. Hoy, en los registros de la Asociación nacional figuran 271 clubes, mientras que en 1997 esa cantidad llegaba a 183. El promedio de jugadores por cancha se mantiene estable (alrededor de 184), otro detalle que indica cuánto ha evolucionado la cantidad de golfistas, si se repara en el notable aumento de terrenos para elegir dónde jugar.
Según Lawrie, a pesar de esos índices positivos, al fenómeno le estaba faltando un toque: “Hace un par de meses Pato Cabrera me preguntó qué podía hacer él para ayudar. ‘Ganar un Major’, le dije”. Como si esa respuesta hubiese sido un impulso, pocos días después de esa charla Cabrera se impuso ante el mismísimo Woods en Pennsylvania y obtuvo el bendito Major.

ESPEJOS NACIONALES

El efecto contagio que produce esta serie de impactos es inmediato. Los profesores tratan de satisfacer una demanda que crece, porque los practicantes del deporte no se agotan en las cifras que relevan jugadores con hándicap: se estima que otras 100 mil personas recorren los greens sin figurar en las estadísticas, sólo por el placer de hacerlo. Así, el número se estira a 150.000 golfistas diseminados por el país.
El espacio que el deporte ocupa en los medios de comunicación aporta su cuota al crecimiento. Este año, por ejemplo, se inauguró una señal de cable íntegramente dedicada al juego (Golf Channel).
Para alentar el mejoramiento de los futuros profesionales, la Asociación los asiste a través de la Escuela de Golf que de ella depende. Los 10 mejores del ránking reciben ayuda económica para poder presentarse en los torneos que se disputan en el país.
Allí radica el punto débil de la estructura: el número de jugadores aficionados es lo suficientemente alto como para que la asistencia deba derramarse sobre una cantidad mayor. De lo contrario, no sólo se perderán muchos proyectos de cracks en los sinuosos caminos de la falta de respaldos oficiales y privados, sino que varios de los que lleguen a consolidarse entre los profesionales lo harán como la mayoría de los que hoy brillan: gracias a la ayuda de los ya consagrados. Para muestra, dos botones: Cabrera no deja pasar oportunidad para recordar que no hubiese pasado nunca de caddie sin la ayuda de Gato Romero, su coterráneo de Villa Allende, en Córdoba; Andrés Romero cuenta que el apoyo económico de personas a los que les llevaba los palos cuando pequeño, en su Tucumán natal, fue imprescindible para su desarrollo inicial.

LAS TUERCAS SIN AJUSTAR

La cantidad de torneos para profesionales que se disputa en la Argentina es de alrededor de 20 por año. No sólo son demasiado pocos, sino que el dinero que reparten impide que los competidores logren un progreso económico y de categoría que les permita soñar con jugar internacionalmente. Unas semanas atrás, el chaqueño José Cóceres –ganador de dos torneos en el exigente PGA Tour– patentaba ese sentimiento en una columna en el diario La Nación: “Siento que están jugando entre ellos por 300 pesos, como si fuera una timba, lo que no permite un despegue. (…) Pero si no hay sponsors que apoyen, se hará cuesta arriba que nuevos talentos se sumen a las giras internacionales”.
Lawrie cree que la ausencia de más capitales privados tiene una explicación: “Las empresas necesitan ver que el dinero que aportan como sponsors tiene alguna devolución de parte de los organizadores de los campeonatos, que no se trata de que los llamen para poner plata y nada más. Los promotores deben trabajar en ese aspecto”.
El contexto luce inmejorable: tantos títulos ganados por argentinos (cinco en lo que va del año si se cuentan el Tour Europeo y el PGA Tour, los dos más importantes), tanto desembarco de nuevos jugadores en las canchas, tanto crecimiento sostenido en el último decenio, obliga a los responsables del golf en la Argentina a no dejar pasar la chance histórica. Multiplicar el apoyo a los aficionados y crear un clima que atraiga a más empresas privadas puede redundar en más éxitos a mediano y largo plazo. Para que el fulgor de este 2007 no pase rápido. Y para que la cresta de la ola sea un punto de referencia que todavía esté adelante.

 

EZEQUIEL BERGONZI

 


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