El derecho de admisión que se plantea como la solución, incluso desde los niveles gubernamentales, no acabará con la violencia en el fútbol. Apenas podrá postergarla. Tal vez sea una visión apocalíptica, pero los antecedentes así lo demuestran.
La violencia en el fútbol no puede ser explicada livianamente desde la violencia en la sociedad. La gran mayoría de las muertes en las canchas nacieron de lo que realizan las barras bravas, problema propio del fútbol. En esto nada tiene que ver la inseguridad en las calles.
Fueron los dirigentes quienes alimentaron el monstruo. Y son los dirigentes quienes hoy no saben cómo desprenderse de ellos. De la misma manera que a Victor von Frankestein con su muñeco y a Giuseppe con Pinocho, a los directivos del fútbol se les fue de las manos el manejo de sus criaturas. Con otras consecuencias, claro, y sin la inocencia de la ficción, obviamente.
Les han servido históricamente. Desde siempre los financiaron, junto a los jugadores y los directores técnicos. Los barras fueron los sucesores de los punteros políticos. O incluso parte de ellos. La última muestra fue la batalla del acto peronista en octubre pasado, de la que participaron barras de Estudiantes y Defensores de Cambaceres.
FUERA DE MI CASA
La repetición de una noticia instala el tema y le da condición de normalidad. Y así pasa a relativizarse un hecho que debería ser condenable. Es lo que ha ocurrido en estos últimos meses en el fútbol. El semestre tuvo un rebrote de violencia inusitado en cuanto a intensidad. Todos los fines de semana, fundamentalmente en las categorías del ascenso, se han visto peleas, patrulleros destruidos y partidos suspendidos.
El punto de inflexión fue la decisión de Blanquiceleste de no dejar ingresar a quince hinchas de Boca al clásico contra Racing que se debió haber jugado el domingo 22 de octubre. Blanquiceleste actuó fundado en una resolución de la Cámara Penal del 2004, que estableció que los clubes tienen derecho a practicar el derecho de admisión contra individuos condenados por incidentes en estadios.
Pero la legislación, como todas, tiene grises. Tiene una mitad llena y otra vacía, de las que se valen los abogados. En este caso, la ley no especificó si podían quedar afuera sólo aquellos con sentencia firme o, también, aquellos que como los barras de Boca tienen una condena en suspenso. Alegando discriminación, éstos presentaron un recurso de amparo y desde allí, el tema alcanzó gran repercusión, desde la suspensión del partido por parte del Ministerio de Seguridad bonaerense, hasta el tratamiento del Senado provincial de un proyecto que tendrá una novedad: los clubes podrán ejercer el derecho de admisión contra aquellos que tengan, aunque sea, un acta labrada por incidentes.
CADA VEZ SON MÁS
Dejar afuera a los violentos puede ser considerada una solución bien pensada o, también, el último manotazo. El listado que manejan las autoridades provinciales para no dejar entrar a las canchas no supera las cien personas e incluye barras de catorce clubes de Primera División. Cualquiera intuye que es una cifra escasa: son muchos más de cien los potenciales protagonistas de hechos de violencia en el fútbol.
Por otro lado, las barras se reproducen por generación espontánea. El ejemplo más claro se dio con la condena a prisión –y posterior fallecimiento- de José Barritta, alias El Abuelo, ex jefe de la de Boca. Cuando muchos presumían que La Doce se extinguiría sin él, asumieron nuevos líderes (el mediático Rafael Di Zeo como cabeza) capaces no sólo de pelearse hasta en un partido amistoso, sino incluso de cargar imagen positiva y organizar visitas al Hospital de Niños.
Con el rey desplazado, el reino no muere. Por eso, la prohibición del ingreso a los estadios puede convertirse en, apenas, una aspirina para el cáncer. La barra brava es un hecho trágicamente cultural en el fútbol argentino. Nació hace años. Décadas. No dejarlos entrar es una primera medida, pero lo que se necesita es erradicarlos. Y para eso, la única solución sería retroceder casi hasta principios de siglo y volver a empezar.
ARIEL SENOSIAIN
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